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Mi vida en seis cuerdas: documento del rock mexicano

Además de la historia de 30 años de la banda Rostros Ocultos, el libro Mi vida en seis cuerdas. Memorias de un rostro oculto es un recuento interesante sobre la historia del rock en México.

La escena del rock en México está acompañada de sucesos históricos, censura del gobierno, movimientos y complicidades con la Radio. Hubo rock en inglés y rock en tu idioma, también hubo avanzadas. Aunque ha corrido tinta crítica en este panorama, el músico Arturo Ybarra, autor del libro Mi vida en seis cuerdas. Memorias de un rostro oculto, confiesa que le gustaría leer a más protagonistas del rock escribiendo sobre sus historias, como él lo ha hecho.

Ybarra, junto al periodista Mario Núñez, presentaron el libro editado por la Universidad de Guadalajara (UdG) el 10 de marzo en la UANLeer 2016.
La obra es un recuento de tres décadas, en la que su banda, Rostros Ocultos, fue protagonista de los sucesos históricos que acompañaron al rock en todas sus facetas.
Para contarnos algo de esa historia, el músico tapatío brindó una entrevista minutos antes de comenzar la charla.

Creo que es muy interesante este tema del acompañamiento de la escena rockera con los sucesos históricos, ¿cómo va con el libro?

Esto de Mi vida en seis cuerdas es un recuento de lo llamado rock en tu idioma, y de alguna manera yo narro los antecedentes y los precedentes de lo que fue la escena. Parto de la resaca que tuvimos con dos sucesos muy importantes. Uno fue el movimiento estudiantil de Tlatelolco, que culminó con la matanza de estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas en 1968, que para mí fue lo que silenció la época dorada del rock and roll, donde se hacían los cafés cantantes, hablo de Los Locos del Ritmo, César Costa, los Teen Tops, Los Camisas Negras, ese fue su cierre de ciclo. Las autoridades gubernamentales decidieron que los chavos no se reúnan, porque si lo hacían, vale gorro.

El otro fue el movimiento de rock chicano, que se empezó a gestar curiosamente cantado en inglés y orquestado con gente que llegaba de Tijuana. Gente como Javier Bátiz, Náhuatl, El Ritual, Peace and Love, Dug Dug’s, y de repente culmina con [el Festival de] Avándaro y se vuelve la cúspide en un concierto con 200 mil chavos; y de repente se sataniza la palabra rock y las autoridades otra vez dijeron que no, definitivamente no permitirían que el rock como movimiento sea lo que los unifique. Fue como el suceso de la torre de Babel: confundir a todos para dispersarlos.

Todo esto me tocó vivirlo muy niño, pero fue la resaca que me tocó de los ochenta cuando decidí tomar una guitarra. Mi papá me decía que estaba loco, que me iba a morir de hambre porque el rock no es una forma de vida. Yo iba a ver bandas en los hoyos funkies en Guadalajara, como La Solemnidad, Toncho Pilatos, The Spiders, me imagino que en Monterrey debe haber algo similar; porque Guadalajara alguna vez fue la capital del rock.

Y hablo de eso, cómo el ser joven en los ochenta con esas crisis, el cambio de dólar, devaluaciones, con las resacas de Tlatelolco o Avándaro, era muy difícil. Empiezo a narrar cómo nos empezamos a abrir espacios. Con el movimiento ComRock que surgió en 1984, que mucha gente conoce, fue la primera compañía de rock que empezó a buscar grupos de rock mexicanos que cantaran en español. Era orquestada por Ricardo Ochoa, el guitarrista de Peace and Love, que a él se le conoce que supuestamente grito en Avándaro: “¡Al diablo el gobierno, nosotros tenemos el poder!”, y que de alguna manera, cuenta la leyenda, eso fue lo que asustó a las autoridades.

Rocha originó el ComRock junto al publicista Juan Navarro, de la empresa Walter Thompson; y Chela Braniff conductora de un programa de discoteque. De ComRock surge Keny y los eléctricos, Ritmo Peligroso, Mask, donde yo tocaba junto a José Fors cantante de La Cuca, y Los Clips, que mucha gente dice que es el precedente de Rostros Ocultos. Pero en realidad yo cuento cómo inició Rostros Ocultos, y el trabajo que costó, desde esos inicios hasta 30 años después, a lo que hoy conocemos como “Rock en tu idioma”. Nosotros estuvimos más bien con EMI Capitol con otro movimiento llamado La Movida, que estaba tomado del movimiento español.

La gente habla de Avándaro, pero por donde te movías, calculo que lo de ustedes en los ochenta era incluso más underground, ¿puede ser?

Hay que recordar que en los 80 no había ingenieros de sonidos, no había equipos de luces, no había lugares capacitados para un concierto, no había monitoreo. La primera vez que vi a Alejandro Lora tocando con El Tri, usaba dos micrófonos enrollados con cinta; y uno iba a las bocinas y en el otro micrófono monitoreaba con su guitarra. No había equipos, era todo muy rupestre. Ver una Marshall en un escenario, una Fender, no eran cosas habituales. Hoy vas a un Costco y las encuentras aunque sean chinas.

Los que tenemos 30 años y más sabemos de Rostros Ocultos y algo de historia, pero ¿qué onda con los veinteañeros que ya son cultores del rock?, ¿supongo que hiciste el libro también como algo didáctico en tanto histórico?

Claro porque cuento la historia. De alguna manera como referencia y reverencia a los predecesores, cuento los movimientos importantes donde los medios de comunicación voltearon a ver el rock, que para mí fueron los 60. Esta época del rock chicano de los setenta con Avándaro, el rock en tu idioma y luego en los noventa vienen movimientos importantes como la avanzada regia y después el movimiento electrónico con Nortec y Nopal Beat. Después viene este colapso que manda a todos a la independencia, al ciberespacio, todo esto tan efímero de subir al Internet una canción y ver quién la atrapa.

¿Es para contarles cómo se configuró la historia del rock hasta dónde llegamos?

Sí, y cómo tiene que haber una complicidad de medios de comunicación con los grupos de rock para que haya un movimiento, cuando la radio empieza a ver a la escena y la empieza a programar y en buena rotación. Porque lo que hacen hoy de repente hacen un festival de radio y los programan dos semanas; y pasa el festival y los quitan. Es una tontería porque no permiten que los grupos maduren y estén en la escena. ¿Por qué existe una escena grupera o de banda tan grande? Porque los están programando todo el día hasta el hartazgo. Algún día la radio programó el rock y la misma radio abrió lugares como Rock Stock, Rockotitlán, Bulldog, el Lucc, que me imagino aquí también hubo lugares que tenían complicidad con la radio. Es cuando voltean a ver las revistas impresas o la televisión. Ahora, no sé si haya lugares con esta complicidad. En Guadalajara, por ejemplo, la mayoría de los grupos están tocando covers. Y si me preguntas ¿en qué lugar está tocando la escena? No sabría, porque sí hay lugares como el Foro Independencia o la Concha acústica, pero están lugares como el (Auditorio) Telmex o el Diana, pero son para grupos internacionales o consolidados. Pero lugares para grupos independientes donde se geste una escena auténtica que no sea de covers, al menos en Guadalajara, es muy difícil.

Lo mismo pasa en Monterrey, hay algunos lugares con bandas de garage, ¿pero quizá el modelo ya se transformó, no?

Para mí el rock siempre fue contestatario. Para mí eran importantes estos conciertos en los 80 porque los chavos iban a soltar toda su represión o depresión a un concierto. Ir a un concierto era como ir a la iglesia, era un ritual. Si eras metalero, darketo, industrial, era ir vestido como tal. Ibas al Chopo y buscabas tu vestimenta. Ahora, siento que esta actitud contestataria de las bandas nuevas se concreta al subir al ciberespacio y comentarlas en Facebook y se acabó.

A las bandas nuevas las veo como más pasivas, no era la misma entrega de las bandas ochenteras. Antes veías a Zurdok Movimento, Plastilina Mosh, Jumbo, bandas de aquí y veías a batos desgañitándose en un escenario. Hoy, el cuate se concreta a pararse en el metro cuadrado de su micro, y uno por cada lado.

Y sí hay una escena importante, de que la hay, la hay. En Guadalajara hay bandas como Siddartha, Caloncho, los Techincolors Fabrics, Hello Seahorse! Imagino que aquí también hay bandas nuevas muy buenas. Pero, mientras la radio no los programe, no habrá un movimiento donde los medios de comunicación volteen a ver a esa escena o movimiento.

¿No sé si tengas pensado en hacer un documental? Lo planteo porque es un trabajo de crónica histórica interesante que, llevado a otros formatos, sería excelente.

Sí, curiosamente yo soy músico, pero creo que los músicos tenemos la responsabilidad de escribir la historia porque somos los protagonistas. Y este año pensé en que sería bueno hacer un documental basado en esta crónica. Sí lo tengo pensado.

Es por lo que te decía de lo didáctico, por explicarles la historia a los más jóvenes.

Es un plan más ambicioso; hay que entrevistar, recopilar. A mí me gustó mucho este que hizo Dave Grohl, ya sabes, los norteamericanos ponen el ejemplo de escribir libros y hacer documentales; y creo que es lo que nos falta a nosotros. Este año ya empezamos a comprar cámaras y juntarnos con cuates que saben de cine para hacer un documental donde podamos contar esta historia, para mí es importante.

Hay una historia muy interesante en Monterrey que no está escrita, yo conozco la avanzada regia, pero debe haber un precedente para que sucediera eso. Yo no veo bandas más organizadas que las de Monterrey. Para mí, si ahorita quieres ver una banda organizada, voltea a ver las bandas de Monterrey, porque se manejan como una banda grande, aunque sean bandas más chicas. Tienen su manager, su vestimenta, look. Creo que es importante para las nuevas generaciones dejar esta documentación.

¿Que alguien les cuente?

Sí, porque, por ejemplo, el primer demo que tengo de Zoé o Hello Seahorse! es en inglés. Les comentaba que por qué no graban en español, y hasta que lo hicieron se volvieron lo que hoy son. No sé si por la cercanía con Estados Unidos los chavos piensen en grabar en inglés. Para mí el libro es eso, recordar que la escena se tiene que gestar en nuestro idioma.

Rock en tu idioma, como el proyecto, y que hablas en el libro.

Sí. Porque hay bandas que hacen muy buen rock en inglés pero ¿para trascender? Digo, para mí tienes que tocar para vivir y vivir para tocar. Yo no concibo un músico de medios chiles; o le entras completamente a este negocio o es un hobbie muy caro o te vuelves una banda de covers. Al final del día no menosprecio el trabajo, pero la escena creativa se está perdiendo, aunque quede en el ciberespacio, porque si no le dedicas horas a buscar contenidos, se queda en buenas propuestas, ¿no?

¿Imagino que todos tendrán que reconfigurar lo que llaman el ‘modelo de negocio’, no?

Sí, porque existe. Nosotros somos un grupo independiente. El libro Mi vida en seis cuerdas es una propuesta independiente porque me acerqué a una universidad. Yo creo en seguir, en tocar puertas. Yo creo que la escena está ahí pero los grupos no están yendo a las discográficas, a los medios de comunicación; no se acercan porque es más cómodo hacer la rola en tu cuarto y ser estrella en el ciberespacio.

Definitivamente nos falta la historia desde los protagonistas del rock.

Creo que hay un vacío literario de los músicos en México. Me alegró ver a los jazzeros; están haciendo un movimiento de contar sus historias como jazzeros mexicanos.  Pero hay muy poca historia escrita por los músicos. Vas a España, Estados Unidos o Argentina y ves biografías de Calamaro, Cerati, Spinetta y aquí es muy difícil que encuentres una biografía. Digo, ahorita hizo (Alejandro) Marcovich su libro, y creo que Joselo de Café Tacuba también, pero no sé si son biografías o historias. Pero a mí me gustaría saber cómo le hicieron; es importante para un músico saber cómo le hizo Café Tacuba para ser lo que es. Y aunque nosotros no somos la megabanda, creo que somos una banda que llevamos la bandera de la independencia y hemos sobrevivido 30 años, algo tendremos importante para contar.

Claro, porque no es lo mismo como espectador o periodista a como lo vivió el músico desde el escenario.

Sí, porque quieres saber qué pasó en Avándaro; y hay videos como que los borraron. O lees una crónica de periodistas como Carlos Monsiváis hablando de Avándaro. Pero no ves algo de Ricardo Ochoa o Bátiz hablando de cómo llegaron. Hay una historia que nunca nos contaron los protagonistas. Para mí lo que tiene acertado este libro es que inconscientemente es un documento.

Responsable: Prensa UANL