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Presentación del libro | Hombre de ciencia y de palabra.

Presentación del libro Dr. Luis Eugenio Todd Pérez. Hombre de ciencia y de palabra.
Editan: UANL y Grupo MILENIO.
Presentan: Profesor Ismael Vidales Delgado, Dr. Hernán Ramírez Vela, Arq. Héctor Benavides Fernández, Sra. Elvira Lozano de Todd e Ing. Rogelio Garza Rivera, Rector de la UANL.
Martes 26 de noviembre del 2019. A las 19:00 horas.
Lugar: Aula Magna, del Colegio Civil Centro Cultural Universitario.
Dirección: Colegio Civil s/n, entre Washington y 5 de Mayo. Monterrey, Nuevo León.
Entrada libre.

PRÓLOGO.
La esencia de trascender. Luis Eugenio Todd.

Valga mi gratitud para Francisco González, presidente del Grupo Milenio, con quien comparto desde hace mucho tiempo amistad y discusión sobre el futuro de la nación. A él le debo, desde hace 18 años, estar presente en la comunicación. Primero en su programa de noticias que dirige el dilecto amigo arquitecto Héctor Benavides, y después en el periódico del Grupo Milenio, donde ahora escribo en forma cotidiana. Gracias a eso, la tendencia natural del refugio en la soledad de la edad ha sido neutralizada por mi ingreso al mundo siempre vibrante de la comunicación, lo que me ha permitido sobrevivir en mi presencia pública, tan ansiada desde mi infancia, por mis características personales que describo: nací en Monterrey y soy hijo único, pues mi padre, un revolucionario e intelectual muy bohemio, tuvo una ruptura conceptual con mi madre, mujer conservadora tradicional de la familia regiomontana, que heredó de mi abuelo, alcalde de Monterrey en 1915, los rasgos que caracterizan la esencia empresarial, pues él dirigía una farmacia, pero también muy conservadora de la cultura norestense.

Esta característica de ser vástago único y de haber sido dejado en la soledad por mi padre, a los 14 años, me permitió aislarme, y en mi soledad leer continuamente todo lo que tenía a mano, así adquirí una cultura precoz, pues mi lectura incluía la cultura helénica y todos los grandes libros que encontraba en la biblioteca del Círculo Mercantil y en otra llamada Librería Americana.

Con esta característica ingresé, aprovechando mi amistad con la familia Margáin y con una beca de apoyo, al Instituto Regiomontano, donde los hermanos lasallistas americanos, que habían fundado ese colegio, me inculcaron el amor al deporte, la pasión por la música, el entusiasmo por ser alguien que dejara una huella de trascendencia y derramaron en mí un espacio espiritual que forma parte de la esencia de mi vida.

Este libro no es mío, está escrito por 80 personas que conocí en algún momento de mi trayectoria, en las diferentes áreas del espacio social y público que he tenido gracias a mi universidad y a mi país, y que se iniciaron con mi formación médica de excelencia, mi práctica de esa profesión y mi aprendizaje en instituciones de gran prestigio como el Hospital de Nutrición y norteamericanas como las universidades de Cornell, Washington y Georgetown, que me inspiraron y me dieron la oportunidad de hacer nacer mi impulso creativo y mi espíritu dialéctico de buscar y encontrar las fórmulas de la vida, a través del método científico y de la comprensión humana que la medicina imprime.

En esa carrera profesional encontré nuevos rumbos y, a pesar de que mis intereses eran fundamentalmente la medicina y el método científico, así como la creatividad y la innovación, fui pionero en el trasplante renal y posteriormente, gracias a un amigo inventor, logré adquirir los primeros aparatos de resonancia magnética nuclear, por imagen, que hubo en el mundo y por supuesto el primero en América Latina.

En el quehacer universitario, como maestro, derramé todo el impulso elocuente y verbal que había heredado de mis tíos, médicos que fueron también luchadores sociales y a quienes debo mi nombre, pues ellos se llamaban Luis y el otro, Eugenio. Esta tendencia a usar el verbo para desbordar mi emoción me ha sido muy útil en todo el ejercicio de las diferentes actividades a las que el destino me ha empujado y que forman parte del conocimiento de las personas que aquí describen su opinión.

Fui después funcionario universitario, gracias a la oportunidad, que pude aprovechar, de mi relación con el gobernante y de mis antecedentes académicos que me hicieron llegar, entre muchas actividades, a la rectoría de la Universidad Autónoma de Nuevo León y cambiar su visión y transformar su objetivo, logrando ser un rector de transición que llevó a la Universidad del desastre donde estaba, y el fracaso de su encuentro con la realidad, hacia la estabilidad, donde el conocimiento y la ciencia volvieron a iluminar su existencia y su quehacer, lo que ha seguido estable hasta la fecha.

Opina aquí mi familia, que es ahora y fue el objetivo fundamental de una vida, a veces tranquila y la mayoría de las ocasiones atropellada por la circunstancia en la que he gozado, en la que he sufrido, en la que he aprendido a amar, comprender, tolerar y sobre todo perdonar. Y todo lo anterior para poder dejar una huella genética y de mi personalidad en la bella familia que Dios me ha permitido crear, donde Elvira, mi compañera por más de 45 años, y mis seis hijos, me permiten respirar con tranquilidad, pensando en la inmortalidad de mi ser, que he transmitido a través de la genética que, queriéndolo o no, imprime uno en sus descendientes. También participan personajes de mi vida médica, juvenil, universitaria, científica, sobre todo en el quehacer de la educación, de las relaciones internacionales y de las oportunidades nacionales, así como de mi inclusión en áreas como el deporte, la cultura, la literatura.

En fin, Dios fue muy generoso al permitirme, como diría Platón, sentarme en la mesa del hombre y del alma y tener cierta visión filosófica del existir, y sobre todo pensar en la trascendencia, no solo en el quehacer del mundo, sino en la inmortalidad que yo creo existe en un Dios infinito que, como decía Pascal, filósofo francés, no se puede explicar con la ciencia, pero “no vaya a ser que sea cierto”, y es la esperanza que nos permite pensar que todo esto no es una línea que termina con un final abrupto, sino un círculo que va a regresar y que el quehacer vital se conservará y no se perderá en la esencia de la nada.

También opinan amigos, políticos y empresarios que me conocieron y coordinan toda esta labor que nació improvisada y así la he querido conservar, por mi tendencia a no ser rígido conmigo mismo ni con los demás, en donde hay opiniones diversas, pues cuando invité a escribir a estos personajes les pedí, en broma, que dijeran lo bueno y lo regular, y que escondieran un poco lo malo y las vicisitudes de mi vida, como yo lo he hecho siempre para poder comprender, perdonar y gozar cuando se puede, y también entender las deslealtades, las traiciones, los conflictos emocionales y de presencia política y social que aparecen siempre como muros que hay que derrumbar en la búsqueda permanente de ser gestor de mi propio destino y aprovechar la circunstancia para iluminar la permanencia de los valores humanos.

Agradezco a todos los que me hicieron el favor y tomaron su tiempo para escribir en este documento, que espero sea una pauta de ejemplo para jóvenes, que recojan algo de las actividades en las cuales la opción del éxito me ha acompañado y también del fracaso; pero como este último se olvida con la edad, mi recuerdo permanente es la gratitud a la vida que mucho me ha dado y que me ha permitido ver el amanecer, gozar del calor humano y del amor, y también soportar la frialdad y el atardecer de la edad, buscando siempre una verdad que se nos escapa en la realidad, pero que yo creo que solo se encuentra en el amor y en la compasión, que espero los lectores tengan para con mis yerros y aprovechen algo los pequeños fragmentos del quehacer creativo y romántico que escapa de la materia, y se impregna fundamentalmente en la memoria del espíritu, que ese nunca perecerá.

Vaya mi gratitud entonces a todos, con una especial mención a don Raúl Martínez, Miguel Ángel Vargas, María Luisa Medina, Juan Roberto Zavala y al arquitecto Héctor Benavides, por ayudarme a que el refugio de la melancolía esté acompañado y no en la soledad sombría del tiempo que se adelgaza, como el agua, entre las manos y que se acompaña de una conclusión inexorable, porque como decía Nietzsche: cuando uno nace, empieza a aprender a morir.

Responsable: Secretaría de Extensión y Cultura de la UANL

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