LOS
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA,
UN COMPLEJO FENÓMENO BIOPSICOSOCIAL
José Moral de la Rubia
Posgrado.
Facultad de Psicología. Universidad Autónoma
de Nuevo León.
E-mail:
jose_moral@hotmail.com
Introducción
A
nivel psicopatológico, y siguiendo la cuarta edición
del Manual Diagnóstico y Estadístico de Trastornos
Mentales y del Comportamiento (DSM) de la Asociación
Psiquiátrica Americana (1), dentro de los trastornos
de la conducta alimentaria, se distingue la anorexia nerviosa,
la bulimia nerviosa y una categoría residual donde
se puede destacar el trastorno por atracones, quedando éste
último como propuesta para la investigación.
El objetivo del presente ensayo es revisar de forma crítica
las causas del aumento de estos trastornos. Consideramos
que al abordar este campo es muy importante el estudio de
los factores nutricionales y psicosociales de la obesidad,
lo que nos van a permitir conocer mejor la naturaleza de
los trastornos de la conducta alimentaria. Así, esperamos
que la revisión que se presenta sea de interés
para todos los profesionales involucrados en el afrontamiento
del problema, tanto nutriólogos y médicos
comunitarios y de familia como psiquiatras y psicólogos.
Desde
la década de los 70 se ha despertado gran interés
en estos síndromes por el aumento alarmante de casos,
y desde la tercera edición del DSM (2), en 1980,
aparecen como entidades nosológicas perfectamente
individualizadas. Inicialmente se ubican dentro del grupo
de trastornos de inicio en la infancia niñez y adolescencia,
pero en la cuarta edición (3), en 1994, se les ha
dado un apartado independiente, el de trastornos de la conducta
alimentaria, quedando separados de la pica o alotrofagia,
el trastorno por rumiación o mericismo y el negativismo
infantil a comer que tienen una etiología y curso
muy diferente. Así, están circunscritos a
la infancia y la niñez y tienen su origen en una
deprivación afectiva y estimular, siendo muy frecuentes
en niños acogidos en instituciones públicas,
niños maltratados (abuso o negligencia físico
o emocional) y niños con retraso mental o malformaciones.
Dentro
del capítulo dedicado a los trastornos mentales de
la Clasificación Internacional de las Enfermedades
(CIE), aparecen, por vez primera, aunque de forma poco definida,
en la modificación clínica de la novena revisión
(CIE-9-CM) de 1978 (4), bajo la categoría de síndromes
o síntomas especiales no clasificados en otro lugar.
La anorexia nerviosa presenta un código especificado
y la bulimia o sobreingesta de origen no orgánico
figura junto a la pica, la rumiación psicógena
y otros trastornos y trastornos no especificados de la alimentación.
En la décima revisión (5) de 1992, quedan
en la categoría de trastornos del comportamiento
asociados a disfunciones fisiológicas y factores
somáticos, dentro de la subcategoría de trastornos
de la conducta alimentaria, junto a otras subcategorías
como los trastornos no orgánicos del sueño,
las disfunciones sexuales no orgánicas, los trastornos
mentales y del comportamiento en el puerperio no clasificados
en otro lugar y los factores psicológicos y del comportamiento
en trastornos y enfermedades clasificados en otro lugar;
es decir, en la categoría de somatizaciones y enfermedades
psicosomáticas. En esta décima revisión
aparecen mucho más definidos y de forma muy semejante
al DSM-IV y ya como síndromes claramente aislados.
La pica, la rumiación y el negativismo alimentario
infantil quedan en la categoría de trastornos del
comportamiento y de las emociones de comienzo habitual en
la infancia y adolescencia.
Anorexia
Nerviosa
Este
cuadro clínico bajo la denominación de "consumación
nerviosa" fue descrito por vez primera, en 1694, por
el médico estadounidense Richard Morton (6). De forma
casi paralela, fue individualizado nosológicamente,
en 1873, por el psiquiatra francés Charles Lasegue
(7), bajo la denominación de "anorexia histérica",
y en 1874, por el psiquiatra británico William W.
Gull (8), quien crea el término de "anorexia
nerviosa". Fue objeto de escasa atención por
el reducido número de casos y considerado un síndrome
neurótico. En la década de los 70 empieza
a observarse un fuerte aumento de casos, despertando el
interés de los clínicos e investigadores.
Así, será en 1980 en el DSM-III (9) cuando
queda como síndrome perfectamente individualizado.
En
base al DSM-IV (1994) (10), la anorexia nerviosa se caracteriza
por: (a) la negativa a mantener un peso adecuado para la
edad y talla del sujeto, no alcanzándose el 85% del
peso ideal, (b) una preocupación obsesiva por el
peso, la silueta y la posibilidad de engordar, (c) una distorsión
de la imagen corporal, así el sujeto se ve gordo
a pesar de estar emaciado y (d) presencia de alteración
endocrina que en la mujer se manifiesta por la amenorrea
durante 3 ciclos consecutivos y en el hombre, tal como señala
la CIE-10 (11), por la pérdida del deseo y la potencia
sexual. Se distinguen 2 subtipos: anorexia restrictiva (no
aparecen atracones ni purgas) y compulsiva/ purgativa (aparecen
con frecuencia atracones o purgas).
En
los países occidentales desarrollados coinciden bastante
los datos epidemiológicos con los reportados por
la APA (1994) (12). Más del 90% de los casos son
mujeres y entre hombres se da más entre homosexuales.
Se señala una proporción de 1 hombre por cada
20 mujeres. Tiene una prevalencia (porcentaje anual de casos)
del 0.5 al 1% en población general, y una incidencia
anual de un nuevo caso por cada 1,000 mujeres de 13 a 18
años de edad (13). Los estudios en población
mexicana, realizados en la ciudad de México, estiman
una prevalencia del 0.5 (14, 15 y 16). Suele iniciarse en
la adolescencia, entre los 13 y los 18 años de edad.
Es raro que aparezca, por vez primera, en mujeres mayores
de 30 años. En sólo un 5% se inicia tras los
20 años. Aparece más en clases alta y media.
Es más frecuente en profesionales del arte y la interpretación
(cantantes, actrices, gimnastas, bailarinas), siendo un
factor de riesgo actividades físicas que consumen
mucha energía metabólica. Es raro en países
africanos y asiáticos, excepto Japón. Toro
y Villardel (1987) (17) señalan que está relacionado
sobre todo con la cultura occidental y la sobrevaloración
de la delgadez. El tipo restrictivo es el más crónico.
En el tipo compulsivo hay más antecedentes familiares
de trastornos afectivos, del control de los impulsos y abuso
de sustancias. Además, en este subtipo, aparece con
mayor frecuencia el trastornos de personalidad límite
y el antisocial y una tasa de suicidios alta del 10%. Respecto
al curso observa Chinchilla (1994) (18) que en un tercio
aparece un curso crónico, en otro tercio un curso
intermitente con remisiones parciales o totales y nuevas
recidivas y en otro tercio un episodio único, casi
siempre con algún síntoma crónico residual
subclínico que se atenúa con la edad. Así,
se trata de una enfermedad crónica.
Como
factores de inicio de la enfermedad se pueden citar los
siguientes:
- Sobrevaloración
de la delgadez, convirtiéndose el estar delgado
en la base de la autovaloración en un periodo de
frustración y crisis, por ejemplo al verse la persona
sobrecargada de estresores que minen su autoestima y aumenten
la sensación de dependencia, tales como fracaso
escolar o estancia prolongadas fuera de casa (19).
- Pérdida
fuerte de peso, ya sea por enfermedad o exceso de ejercicio,
con una eficaz negación y aislamiento de la sensación
de hambre, ante el refuerzo social y unos valores de grupo
de delgadez (20).
- Conflictos
de individuación; es decir de autoafirmarse y definirse
como independiente del ambiente familiar, convirtiéndose
el estar delgado en la base de la autoafirmación
y poder de negativa ante la demanda e intromisión
materna, especialmente en familias sobreprotectores o
sobreimplicadas afectivamente sin dejar espacio para el
desarrollo personal de sus miembros. Así, la negativa
a comer surge como protesta contra una familia que coarta
el desarrollo e independencia del sujeto (21).
- Conflictos
con la apariencia sexual del cuerpo que aparece con la
pubertad. Ya sea un duelo no realizado por la pérdida
de la protección infantil, ya sea un deseo de uno
o de los dos padres de que la hija no crezca para poderla
retener y controlarla como a una niña. Por lo que
la cuestión de la delgadez se convierte en el medio
de conservar un cuerpo infantil (22).
- Holland,
Hall y Murray (1984) (23) hallaron una concordancia entre
gemelos homocigóticos del 55% y en heterocigóticos
del 7%, lo que apoya la intervención de un factor
genético. Hudson, Pope, Yurgelun-Todd et. al. (1987)
(24) señalan que el factor genético estaría
relacionado con una vulnerabilidad a trastornos afectivos,
muy frecuentes como antecedentes familiares.
Como
factores mantenedores señalamos los siguientes:
- Necesidad
no ganar peso y mantener la restricción alimentaria:
Se suele decir que no toda persona puede convertirse en
anoréxica, sino que existe una disposición
genética para serlo. Dicha disposición está
relacionada con un mayor control y aislamiento de la sensación
de hambre y está asociada con antecedentes familiares
de trastornos depresivos melancólicos (25). En
la mayoría de las personas que bajan de peso, al
principio, según pierden kilos, se pierde el hambre.
Ello se debe al aumento de los cuerpos cetónicos
en sangre que inhiben el apetito. Esto se mantiene hasta
que se bajan de un valor mínimo de peso que tiene
programado el organismo y empieza a aparecer déficit
de nutrientes. Entonces, el cuerpo reacciona con un hambre
voraz que motivan los atracones. El sujeto, si tiene acceso
a la comida, ganará rápidamente peso, e
incluso por encima del que tenía antes. En este
punto desaparecen los atracones y disminuye el hambre.
El organismo se vuelve más frugal al comer y suele
recuperar el peso de equilibrio programado por su organismo,
siempre que éste no se halla modificado por una
disminución del metabolismo basal o aumento de
la eficacia metabólica. Sin embargo, en la persona
anoréxica la reacción de hambre es más
tenue o sus mecanismos de control son más efectivos.
Aquí es donde puede intervenir su disposición
genética. Eso sí, la anoréxica se
comporta como un organismo hambriento, ya que constantemente
está pensando y hablando de la comida. También,
la anoréxica sabe que comiendo poco y bebiendo
grandes cantidades de agua se controla mejor, pero en
el momento que empiece a aumentar de peso, el organismo
le va a pasar recibo por ignorar sus necesidades. Por
tanto, el mantener el bajo peso y la restricción
alimentaria se convierte en necesidad. Su obsesión
por engordar no es ficticia, pues el descontrol aporrea
violentamente la puerta de su conciencia, aún cuando
intenta ignorarlo.
- La
preocupación obsesiva por el peso y la silueta
va en aumento. Se atribuye a un aumento del humor depresivo,
reducción de la actividad serotoninérgica
e hipoactividad frontal (26).
- Alexitimia
o incapacidad para expresar emociones: Se desarrolla un
aislamiento de las sensaciones corporales y de las emociones
defensivo o se acentúa éste si ya estaba
presente como rasgo caracterial. Se inhibe la fantasía
y el pensamiento se orienta hacia referentes externos,
ignorando su mundo vivencial interno. (27). Precisamente,
la pérdida de conciencia emocional y corporal hace
más efectiva la negación del hambre y de
la situación de ruina personal a la que conduce
la enfermedad.
- En
la medida que la joven se va desadaptando y fracasa en
sus metas de desarrollo personal, la enfermedad se convierte
en su único sentido de vida a modo de adicción
comportamental y justificación de su situación
vital.
Una
vez que se inicia el trastorno, especialmente si la disposición
genética lo facilita, la restricción alimentaria
y el no ganar peso se convierte en necesidad para no sucumbir
a la voracidad y caer en la obesidad. Cada vez el sujeto
se aísla más de su cuerpo para ignorar sus
necesidades. El eje de toda su vida pasa a ser el mantenerse
delgado. Toda su actividad se reduce a las estrategias para
mantener ese bajo peso, llenando una vida vacía y
absurda, y justificando su fracaso evolutivo. Sin duda,
la preocupación y sobrevaloración de una sociedad
que engorda por su dieta y estilo de vida, va a determinar
que los problemas en la autovaloración y autoestima
y las angustias y dependencias no resueltas del adolescente,
con el consecuente estado depresivo y la alteración
del apetito y la ingestión conduzcan a un deseo de
delgadez, entrándose en una dinámica en la
cual se pierde el control y se queda atrapado.
Bulimia
Nerviosa
Galeno
(130 a 200 d. de C.), médico de origen griego y afincado
en Roma, fue quien acuñó el término
de patología bulímica o "gran hambre". A su
juicio, la bulimia era causada por un humor ácido
alojado en el estómago que producía falsas
señales de hambre. La bulimia continuó mencionándose
esporádicamente en varios textos sin despertar gran
atención hasta tiempos recientes (28). En 1979, el
psiquiatra estadounidense G.F. Rusell (29) acuña
el término de "bulimia nerviosa" y fija
su concepto actual. Bajo esta etiqueta diagnóstica
describe a un grupo de pacientes que presentan un cuadro
caracterizado por tres síntomas: (a) deseos apremiantes
e irrefrenables de comer en exceso, (b) evitación
de los efectos engordantes de la comida mediante la autoinducción
del vómito y el uso de diuréticos y/o laxantes
y (c) un miedo morboso a engordar.
La
bulimia nerviosa, en base al DSM-IV (30), se caracteriza
por la presencia de atracones y conducta inadecuada para
compensar la ingestión excesiva de calorías.
El atracón se define como una ingestión voraz,
en un tiempo discreto de tiempo (una o dos horas), de una
cantidad de comida exagerada para cualquier sujeto en su
misma situación, junto a una sensación de
pérdida de control. El sujeto siente que no puede
parar de comer, ni controla la cantidad de calorías
que ingiere. Los atracones y conducta compensatoria inadecuada
aparece, al menos 2 veces a la semana, durante 3 meses consecutivos.
La autoevaluación está excesivamente influenciada
por el peso y la silueta. Además, es requisito que
el trastorno no surge dentro del curso de una anorexia nerviosa.
Se distinguen 2 subtipos: bulimia purgativa (como conducta
compensatoria inadecuada más frecuente se emplean
las purgas; es decir, los vómitos, laxantes, diuréticos
y estimulantes tiroideos) y no purgativa (como conducta
compensatoria más frecuente se acude al ejercicio
físico excesivo y el ayuno).
También
en la mayoría de los países occidentales desarrollados
coinciden los datos epidemiológicos con los reportados
por la APA (31) en 1994. En las mujeres es 10 veces más
frecuente el trastorno que en hombres. Tiene un inicio un
con poco más tardío que la anorexia nerviosa,
entre los 18 y 25 años, y suele debutar tras un periodo
de pérdida de peso. Como observa Chinchilla (1994)
(32), en un tercio de los casos aparece un curso con periodos
de remisión, en otro tercio un curso crónico
que se atenúa con la edad y en otro tercio se presenta
como episodio único, quedando algún síntoma
residual que se desaparece con los años. Así
también es un trastorno crónico. Se halla
una tasa de prevalencia del 1 al 3% en muestras grandes
de población general y se informa de una prevalencia
del 3 al 5% de la formas subclínicas de anorexia
y bulimia nerviosas. Hsu (1996) (33) halla en una muestra
norteamericana de población general una tasa de incidencia
de 0.18 por cada 1,000 habitantes. Los estudios en población
mexicana, realizados en la ciudad de México, estiman
una prevalencia del 1.5 al 2.5 (34). Es más frecuente
en clases alta y media, zonas urbanas, profesiones de actuación
pública y en países occidentalizados. La bulimia
no purgativa es más benigna y suele remitir con el
tiempo, presentándose más en varones. La forma
purgativa es la más rebelde. Se suele asociar a trastornos
de la personalidad del grupo B (histriónico, límite
y antisocial) y presenta una mortalidad del 10% de los casos,
normalmente por suicidio.
Entre
los factores de inicio también se menciona un problema
de individuación y pérdida de autoestima que
provocan un fondo depresivo, frecuentemente con síntomas
atípicos (somnoliencia, hiperfagia, abatimiento e
hipersensibilidad al rechazo interpersonal), ganancia de
peso y dietas para compensarla, junto a una sobrevaloración
del bajo peso y la silueta esbelta en la autovaloración
y autoafirmación. El sujeto para mantener su peso
va introduciendo más ayunos y alterando más
sus hábitos alimentarios, ante el aumento de apetito
y de ingestión de comida, ya sea por el estado depresivo
o dietas inadecuadas, hasta el momento en que aparecen los
atracones, entonces se ve obligado a utilizar métodos
más radicales para evitar engordar como purgas, ayunos
largos y ejercicio físico exagerado. En la medida
que se alteran más sus hábitos de alimentación
y sus sensaciones de hambre y saciedad, queda enganchado
en un círculo vicioso que llega a dominar por entero
su vida. Ayuna o hace ejercicio hasta caer presa de un apetito
voraz que no puede saciar. El atracón y las conductas
se van convirtiendo en la única fuente de placer
a modo de una adicción comportamental en una vida
que se va echando a perder. Y sin duda, el hecho de que
halla aumentado tanto este trastorno en las últimas
décadas se debe a la sobrevaloración de la
delgadez en una sociedad que engordan, expresándose
más en los grupos sociales donde más fuerza
tienen los valores de delgadez.
Es
de señalar que en más del 40% de los casos
en los que remite el cuadro a largo plazo presentan sobrepeso
u obesidad leve, problema que ya existía antes de
debutar el trastorno alimentario o existían antecedentes
familiares de obesidad. En relación a esto, Carmiña
Saldaña halló una fuerte asociación
entre el seguimiento de dietas y trastornos de la conducta
alimentaria. En el 81 % de las mujeres bulímicas,
la dieta precedió a los atracones, y que hasta un
96% de bulímicas señalaron que realizaban
dietas antes del diagnóstico. Un buen predictor de
bulimia es el seguimiento de dietas largas en personas jóvenes
con normopeso y antecedentes personales o familiares de
obesidad o sobrepeso (35). Podría concluirse que
la bulimia en algunos casos es la consecuencia de una lucha
perdida contra una obesidad genéticamente predestinada,
al emplear una estrategia inadecuada y unos objetivos no
realistas. Se estima que los factores genéticos explican
el 30% de la varianza de la obesidad entre los factores
causales (36).
Trastorno
por Atracones
Se
caracteriza por la presencia de atracones sin ir acompañados
de conducta compensatoria inadecuada; por lo que provocan
aumento de peso. La persona muestra un profundo malestar
al recordar los atracones y una relación con la comida
llena de angustia, culpa y vergüenza. Es requisito
que no aparezca en el curso de una anorexia ni una bulimia
nerviosa. Se inicia en la edad adulta (entre los 18 y 30
años) y remite con el tiempo. La personas que lo
padecen suelen tener antecedentes de obesidad en su familia,
presentan hábitos de comida muy alterados y gran
disforia por su sobrepeso.
Spitzer,
Yanoski y Wadden (1993) (41) hallan en un estudio multicéntrico
que la diferencia por sexos es mucho menor que en la anorexia
y bulimia (60% mujeres y 40% hombres), afecta especialmente
a personas obesas y con antecedentes familiares de obesidad.
Se da más en jóvenes, zonas urbanas y clases
alta y media, es decir en grupos donde se sobrevalora la
delgadez y más se discrimina a la persona obesa.
Se estima que el 30% de los obesos presentan este trastorno
y puede estar presente entre el 2 y 3% de la población
general. En estos sujetos aparece un fuerte rechazo y vergüenza
por su físico, preocupación por el peso y
la silueta, idealización de la delgadez, una larga
historia de fracaso en las dietas y una dinámica
muy alterada de alimentación, llena de sentimiento
de angustia, vergüenza y culpa. Presentan con frecuencia
antecedentes de depresión, abuso de sustancias y
trastornos de control de impulsos.
La
conducta de comer compulsivo, como otras conductas adictivas
como compras y juego, se caracteriza por una potente estimulación
de las vías mesolímbicas dopaminérgicas:
tecto-acumbens y nigroestriada. Esta estimulación
actúa como un poderoso reforzador, genera fenómenos
de escala en la frecuencia de la conducta por habituación
del efecto y de craving o necesidad ansiosa, especialmente
en periodos vitales de depresión, frustración
o falta de estímulos y actividad motivante (42).
Por otra parte se ha hallado la capacidad de la sobreingesta
de carbohidratos de estimular la actividad serotonérgica
y opoide, ambas deficitarias en cuadros depresivos, por
lo que los atracones tendrían un efecto antidepresivo
reforzante (43).
La Obesidad
Se
define la obesidad como un peso superior al 20% del ideal,
o un índice de Quetelet o masa corporal [IMC = (peso
en Kg./altura en m2) x 100] superior a 30, o
mejor aún por un porcentaje de grasa corporal superior
al 35% en mujeres y 30% en hombres. En los estudios epidemiológicos
se viene utilizando más el índice de Quetelet
(44), aunque la definición más exacta sería
un proporción de tejido adiposo.
La
obesidad es un claro problema de salud en los países
desarrollados, afectando hasta un cuarto de la población.
Aumenta el porcentaje de obesos con la edad, sobre todo
a partir de los 50 años de edad. Así, en población
infantil los porcentajes varían del 3 al 5% y en
mayores de 50 años el porcentaje se sitúa
en torno al 50%. En población adulta la proporción
de sobrepeso (IMC entre 25 y 30) es del 50%. Hasta los 80,
el porcentaje de obesidad en la mujer era mayor que en el
hombre (3 mujeres por cada 2 hombres). Desde los 90, en
los países desarrollados, el porcentaje es equivalente
o se ha invertido, es decir, hay más sobrepeso y
obesidad en hombres (45).
Los
factores ambientales que provocan obesidad son el sedentarismo
y una dieta hipercalórica muy rica en grasas saturadas
y azúcares refinados que inducen rápidos y
altos índices de glucemia tras su ingestión.
En cualquier especie animal se observa el fenómeno
de la obesidad al estar en cautividad y con constante acceso
al alimento (46). Precisamente, la vida urbana y el desarrollo
han aumentado el sedentarismo y la alta disponibilidad de
alimentos ricos en azúcares refinados y grasas saturadas
(galletas, pasteles, hamburguesas, hot dog, papitas
fritas) que constantemente se anuncian ante un público
consumista. Estamos ante la sociedad de la comida rápida
y lista para llevar y todo en coche. Así, no es de
extrañar que haya aumentado la obesidad y como formación
reactiva se halla forjado un concepto estético de
delgadez, para compensar la tendencia a engordar.
La
obesidad, en los países desarrollados, tiene mayor
prevalencia en la clase social baja. Esta mayor prevalencia
en la clase social baja se puede atribuir a la presencia
de unos valores de delgadez en las clases alta y media,
ausentes o con mucho menor peso en la baja, así como
a una peor calidad de la alimentación, más
rica en grasas saturadas y azúcares refinados. Precisamente,
en los grupos sociales en ascenso, la tasa de prevalencia
de la obesidad es menor en el grupo de origen, en cuanto
que se empiezan a regir y medir por los valores de la clase
social a la que desean acceder (47).
La
mayor tasa de la obesidad en las mujeres con la edad se
atribuye a un metabolismo basal más bajo, mayor proporción
de tejido adiposo y tendencia a almacenar grasas. Desde
el análisis psicosocial se puede achacar, por una
parte, al descuido de la estética tras el matrimonio
y el nacimiento de los hijos, adoptando un rol materno desexualizado.
Ella le llama papá y él la llama mamá
o mi gorda. Precisamente, el embarazo es un estrés
para el cuerpo que motiva engordar. Si no hay una motivación
para recuperar la estética, los hijos sucesivos van
generando la obesidad. Por otra parte, se puede atribuir
a un mayor sedentarismo que impone una vida ligada a la
casa. Finalmente, también contribuye un humor depresivo
ante el alejamiento de un esposo que ya no la ve sexy y
la emancipación de los hijos, los cuales habían
dado sentido a su vida y estructurado su tiempo, desde el
mismo momento que quiso ser más madre que mujer.
La
obesidad es menor entre las mujeres profesionistas que entre
las amas de casa, ya que éstas primeras se preocupan
más por su imagen, tienen menos hijos y más
tardíos, son más activas, nunca dejan de cuidar
su atractivo físico y de construir un sentido a su
vida fuera del hogar. A su vez, suelen pertenecer a una
clase social más alta. Entre las amas de casa, hay
más obesidad en las clases bajas que entre las altas.
Debido a que, en las clases altas, se imponen los valores
estéticos de delgadez, la mujer no asume totalmente
un rol materno desexualizado, al contar con un servicio
doméstico para la casa y los hijos y tener más
oportunidades de dar un sentido a la vida fuera de hogar.
Finalmente, el cambio en la relación de porcentaje
del obesidad entre hombre y mujer en las dos últimas
décadas se ha de atribuir al mayor peso de los valores
de delgadez en las mujeres que son el grupo en donde más
se manifiestan los trastornos de la conducta alimentaria.
Dentro
de los trastornos psicopatológicos, el más
relacionado con la alteración del apetito, la ingestión
alimentaria y el peso son los trastornos del humor. La depresión
mayor, especialmente si cursa con síntomas melancólicos,
está asociada a pérdida de apetito, escasa
ingestión de alimentos y pérdida de peso.
El patrón atípico de la depresión,
que se da con más frecuencia en adolescentes, y el
patrón estacional, que se da en los países
de las zonas templadas del globo, se asocia a aumento del
apetito, voracidad y aumento de peso, con una clara atracción
por los carbohidratos (p. ej. pasteles, galletas y chocolates)
(48).
Una
de las características epidemiológicas de
la segunda mitad de siglo, especialmente en los países
industrializados, es el aumento de la incidencia y prevalencia
de los trastornos depresivos, con un fuerte incremento en
población adolescente e infantil. Grupo en el cual
se da con frecuencia el patrón atípico, con
hipersomnia, hiperfagia, abatimiento e hipersensibilidad
al rechazo interpersonal. Si a esto se le suma los factores
de sedentarismo y alto consumo de alimentos ricos en grasas
saturadas y azúcares refinados, se puede deducir
que sobre todo en adolescentes esté aumentando la
obesidad. Hecho que sí es cierto. No obstante, la
sociedad está desarrollando unos valores estéticos
de delgadez para luchar contra esta tendencia, por lo que
empieza aparecer como una nueva epidemia de enfermedades
hasta el momento desconocida, la anorexia y la bulimia.
Precisamente, los valores de delgadez que tienen mayor fuerza
entre los jóvenes de clase alta y media donde aparecen
más los trastornos de la conducta alimentaria. Por
contra, en las clases sociales más bajas tienen menor
peso, de ahí que aumente sobre todo la obesidad.
De aquí se deduce que detrás de los trastornos
de la conducta alimentaria de los adolescente hay un fondo
depresivo, relacionado con la frustración de unos
elevados niveles de aspiraciones generados de unos jóvenes
licenciados o con preparatoria ante la realidad social de
desempleo y puestos de trabajo no cualificados, así
como el fracaso escolar ante un sistema educativo cada vez
más exigente en la formación curricular. Adolescentes
que se enfrentan a unos valores materialista de dinero,
éxito y poder, en una sociedad que ya no cree en
su religión (católica o cristiana) y cuyas
familias se desestructuran por los divorcios y por las jornadas
laborales de los padres que obligan a transferir el cuidado
de sus hijos a la guardería, escuela, el servicio
doméstico y la televisión. El comer excesivo
nos habla de un placer muy primario o regresivo, al igual
que el abuso de drogas psicoactivas, es decir, de un exceso
incontrolado de sensualidad.
La
obesidad puede ser ocasionada por enfermedades endocrinas
como la enfermedad de Cushing, hipotiroidismo o hipogonadismo,
síndrome de ovarios poliquísticos, tumores
que afectan hipotálamo ventromedial o la hipófisis
y algunos síndromes neurológicos como el de
Prader-Willis y de Bardet-Biedl, infección por adenovirus-36;
por síndromes genéticos como ausencia de receptores
para las leptinas, número de adipocitos y receptores
hipotalámicos para la leptina excesivos, mutaciones
del gen que codifica unos receptores de la hormona adrenalina
llamados beta-3, déficit de enzimas oxidativos de
las grasas o mutacion de las proteínas UCP2 Y UCP3
que provoca una disminución de la capacidad del organismo
para eliminar exceso de calorías por termogénesis
o procesos oxidativos mitocondriales; o bien ser secundaria
al consumo de fármacos como esteroides, antidepresivos
o neurolépticos. No obstante, en la mayoría
de los casos, el origen de la obesidad se halla en unos
malos hábitos alimentarios desde la infancia y mantenidos
por la cultura familiar. Hábitos como el cebamiento
y el gusto por alimentos hipercalóricos y ricos en
grasas y azúcares refinados, falta de ejercicio físico
y sustitución del agua por bebidas azucaradas y alcohólicas.
Así como malos hábitos adquiridos en la vida
adulta con reducción de la ingesta, largos ayunos
desequilibrio nutricional, intentos fallidos de adelgazar
con todo tipo de dieta y periodos de voracidad. Por lo tanto,
todo tratamiento de la obesidad va a implicar cambiar los
hábitos alimentarios y de ejercicio del sujeto. Tampoco
hay que quitar peso a las variables constitucionales. Hay
familias de obesos que tienen un número de adipocitos
superiores a la media, ya desde el nacimiento. Por lo que
su peso es siempre muy alto y les cuesta mucho adelgazar
(49).
Conclusiones
Por
el estilo de alimentación y vida de la sociedad moderna
ha aumentado el problema del sobrepeso y la obesidad. Como
formación reactiva se han forjado unos valores estéticos
de delgadez y unas actitudes sociales de marginación
a los obesos. Estos valores y actitudes toman más
fuerza entre las mujeres, jóvenes y clases altas.
Precisamente, en estos grupos ha disminuido el porcentaje
de obesidad y sobrepeso y ha aumentado el bajo peso y los
trastornos de la conducta alimentaria. Así, la sociedad
parece enfrentarse a un dilema de engordar o sufrir un trastorno
alimentario. Dilema del que se puede salir con una adecuada
educación de hábitos alimentarios y de ejercicio.
Conseguir
una sociedad que no engorde y enferma por problema de obesidad,
con unos hábitos adecuados de alimentación
y unos valores de salud y normopeso, evitará que
se obsesione con el tema de la delgadez y prevendrá
trastornos alimentarios; pero el malestar de la juventud
aún no habrá sido resulto. Una juventud que
se ve azotada por el problema de la droga.
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