“El teatro ha sido curativo para mí”, Emma Mirthala Cantú

La primera actriz Emma Mirthala Cantú comparte 50 años de trayectoria en el teatro nuevoleonés, sus vivencias como maestra de la Facultad de Artes Escénicas de la UANL y su más reciente trabajo en la puesta El indio muerto.

   

El calor sofocante de esta interminable primavera regiomontana hace de las suyas con 37 grados centígrados a la sombra. Nada mejor que el café Nuevo Brasil con clima, donde cito a la primera actriz, la maestra Emma Mirthala Cantú, decana de la escena nuevoleonesa, quien llega puntual a la cita, por lo que tengo que hacer a un lado la ensalada copiosa que Moani Compeán, el anfitrión, me acaba de servir.

Mientras habla –su charla es como una llovizna de añoranzas y detalles–, gesticula y mueve las manos, se autodefine intensa y a sus setenta y seis años, la mujer parece una adolescente. Está cumpliendo cincuenta años de trayectoria en el teatro nuevoleonés y está contenta por el personaje que está ensayando, se llama Loreto, el más complejo que le ha tocado realizar, dice, y que a partir del 18 de junio de 2005 lleva a escena en el estreno de la puesta El indio muerto, en el Teatro Universitario, ubicado en Praga y Trieste, Unidad Mederos de la UANL.
 
La obra escrita por Ricardo Elizondo y dirigida por Luis Martín Garza inicia formalmente las funciones de la Compañía de Teatro Universitario bajo el apoyo de la Secretaría de Extensión y Cultura. La temporada incluyó los días 19, 25 y 26 de junio de 2005, los sábados a las 20:30 horas y los domingos a las 18:00 horas.
 
Después de darle sorbos a su jugo de naranja, me platica también que dejó el cigarro –al ver que enciendo uno–, y confiesa que aunque no le dio cáncer de pulmón, tuvo otro tipo de cáncer que gracias a un tratamiento previo, se salvó del padecimiento.
La maestra Emma Mirthala es una contadora inagotable de anécdotas, ya que le vienen a su memoria momentos de hace ¡cincuenta años! con nombres, fechas, personajes, citados con profundo afecto –o glacial distanciamiento–, eso sí, como si estuviera viendo a esos compañeros actores y actrices, ya desaparecidos. Entonces, hablamos de su vida.
 
“Tuve la enorme oportunidad de que con los personajes que yo hacía, volcaba mucho mis personajes internos. Los personajes me retroalimentaron”, dice enfática. “Hay una época donde todos estamos sumamente desconcertados, de qué está pasando, pues a mí me fue muy bien, aprendí cómo volcar mis problemas a través de los personajes y el teatro fue para mí curativo, la vía absolutamente segura para soltar lo interno.
 
“Antes necesitaba la catarsis, ahora ya no, me deja a veces una sensación interna de ‘qué bueno que la hice’, por esto o por aquello, pero al ensayar a este personaje que estoy haciendo –el de Loreto– termino muy cansada.
 
Cantú es vivaz y ya quisiera uno su lucidez para un sábado por la mañana. No hay duda, su inquietud constante demuestra que lleva sangre teatral por las venas: arqueo de cejas, apertura desmesurada de ojos, sonrisa, gesto serio, entonación y volumen a cada palabra y frase, de acuerdo al comentario o narración, no en balde dio clases de Voz Hablada y Voz Cantada en la Facultad de Artes Escénicas de la máxima casa de estudios, de la que es catedrática jubilada.
 
“En una ocasión andaba con el manto abajo –deprimida-”, explica quien ha obtenido numerosos reconocimientos en su carrera, uno de ellos el Premio de las Artes UANL 1992, “dije: ¿Qué había hecho?, a lo que una amiga me contestó: ‘Lo que has hecho es vivir’, y sí, lo que he podido hacer es vivir y casi siempre en contra de la corriente”, expresa.
 
Cantú ha sabido nadar contra la corriente y, de entrada, lo hizo contra la voluntad de sus padres porque no deseaban que se dedicara al teatro. En 1946, después de obtener su diploma de pianista, egresada de la Winn School and Popular Music, donde estudio solfeo, armonía y teoría musical, por cierto, todavía da clases privadas de piano a algunos alumnos, llegó al teatro, al que ama más que nada porque: “Yo ganaba dinero con la tecla y con el teatro me divertía, es que el teatro es magia, pues es necesario que la entrega sea total”.
 
Así, inició su carrera en la obra El cielo prometido, de Jorge Villaseñor y dirigida por Guillermo Zetina, presentada en el Aula Magna y participante en el Primer Concurso Regional de Teatro Mexicano organizado por el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), donde la puesta obtuvo el primer lugar y Cantú, mención honorífica por su actuación. En este trabajo, hizo el personaje de madre del también actor y director Julián Guajardo “y eso que le llevo pocos años”, dice, “de aquellos compañeros, solamente quedamos Julián, Salvador Ayala y yo”.
 
A la fecha, Cantú tiene en su haber 62 puestas en escena, además de realizar música para cuentos y participar en teatro infantil y revistas musicales para empresas locales, éstas hechas en los años 70 con su querida amiga, la también actriz Minerva Mena Peña y la orquesta de Armando Thomae.
 
“Nos divertíamos mucho con la respuesta de la gente, vibraban”, me señala con entusiasmo. “El teatro es la vida entera, lo que más me ha gustado. Hago muchas cosas, doy clases de piano, pero si no estoy arriba del escenario, es como si no estuviera haciendo nada”.
 
En un recuento rápido de sus trabajos, rememora que intervino en obras de autores mexicanos como en La danza que sueña la tortuga, de Emilio Carballido (1956), por la que obtuvo el primer lugar como actriz en el Segundo Concurso Regional de Teatro, organizado por el INBA; en Los signos del Zodíaco, de Sergio Magaña (1960), Señoritas a disgusto (1965) y El medio pelo, de Antonio González Caballero (1966), entre muchas otras.
 
“En aquellos años todos andábamos felicísimos, éramos dueños del universo y nos sentíamos súper realizados”, expresa, “añoro ese entusiasmo y no había envidia verde, había competencia productiva, éramos famosos, pero no ricos.
“No teníamos escuela, pero hacíamos el teatro con las uñas, comprábamos hasta el vestuario con nuestro dinero, eran diferentes las metas, pero gracias a Dios que me permitió hacer todo eso”.
 
Agrega que hace días, alguien la felicitó por “la manera tan fácil de llorar en la obra El medio pelo” y recordó a compañeros ya desaparecidos como Rogelio Quiroga y Carlos H. García, “era muy alto, de él me acuerdo que el día antes del estreno de Androcles y el león (en 1964, en el Teatro Monterrey del IMSS), nos dijo a todos que nos fuéramos a descansar, que él se quedaría a realizar la iluminación con José Solé. Así era la confianza que nos tenía”.
 
Comenta que el grado de camaradería era tal entre sus compañeros de reparto que, debido a la enfermedad de uno cancelaron la función de Los desarraigados en 1957.
 
Por otro lado, Cantú enumera crecimientos y opiniones: de la obra Los enemigos no mandan flores (1958) “está obsoleta y crecí con Los signos del Zodíaco, tuve personajes difíciles con Yerbabuena, de Altair Tejeda de Tamez, y Réquiem por un girasol o Velero en la botella, dirigidos por Rubén González Garza”.
 
Recuerda que tuvo un intervalo personal que la alejó de la escena, precisamente entre 1986 cuando participó en El cuadrante de la Soledad hasta 1998, cuando hizo a la Poncia, en La casa de Bernarda Alba, sin dejar sus clases en la UANL. Luego retomó su vida escénica y a la fecha, ha participado en Qué pronto se hace tarde, La barca sin pescador y Alma de mi alma, y el actual personaje de Loreto.
 
“Soy muy intensa y no me tocó hacer el teatro fácil”, dice. “Me di el lujo de que la mayoría de las veces escogía un grupo y ahora me han dado libretos que jamás haré, soy muy selectiva y estoy muy consciente de eso”.
 
En otro recuento rápido, Cantú señala que le hubiera gustado haber hecho a Lady Macbeth, “pero a Shakespeare se hace muy poco aquí”; de los directores locales, “cada uno tiene su estilo”; que en tres ocasiones dudó en dejar el teatro, que hizo a un lado ofertas para hacer teatro en la ciudad de México y todavía va a ver teatro, pero “o soy muy criticona y no me gusta nada, o soy muy generosa”.
 
De actores, comenta que le gustaban María Teresa Rivas, María Douglas, María Schell. También Carlos Ancira, “fue un buen actor”, Fernando Balzaretti y Héctor Bonilla.
 
Quien ha recibido diversos reconocimientos a su trayectoria como en 1987 dentro de la VII Muestra Nacional de Teatro y en 2002 homenaje a su carrera dentro del Festival de Teatro, entre otros, cuestiona que algunas personas que hagan teatro se basen en historias fáciles y con desnudos injustificados.
 
“Es un teatro desechable que lo mismo se hace aquí que en Puerto Rico y Estados Unidos”, afirma.
 
“La mayoría de la gente del público no quiere ver problemas en escena, no quieren pensar, sólo divertirse.
 
“Por eso, un personaje como el que estoy haciendo, adecuado a mi edad, es muy raro en las obras de teatro de Monterrey y en El indio muerto se tocan temas duros como el lesbianismo y la intolerancia.”
 
Mientras se muestra contenta por su personaje de Loreto, no pierde oportunidad para rememorar a sus compañeros que ya se fueron y otros que viven.
 
A alguien que ha vivido contra la corriente en una ciudad como Monterrey no le falta la reflexión, pero no la compasiva ni de autoengaño, como se acostumbra tanto ahora, sino una típicamente norteña, sin temor: “Hice lo que pude y si me tengo que ir, me voy. La muerte no me inquieta”, concluye.
Fecha
Junio 30 de 2005
Fotografía